Putaendo Uno

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Crónica de una estadía en el hospital.-

Por Marco López Aballay (*)

I

Son las cinco de la madrugada y despierto asustado. He dormido a saltos con dolores abdominales que retornan después de 30 años. No hago caso e intento dormir otra vez, y soñar con copos de nieve o árboles que extienden sus raíces en esta habitación. Pero ahora el dolor se intensifica, le digo que se vaya a la cresta, no obstante, sigue su curso y se arrastra, como serpiente emplumada, desde mi pecho al abdomen. Toco el timbre y, después de largos minutos, llega la enfermera que en un dos por tres me inyecta paracetamol, y, con la misma rapidez de la punción, se marcha.

Con dificultad, me enderezo. Observo a un anciano que se queja en un idioma desconocido. Más allá, en el pasillo, vislumbro sombras que se funden y que atraviesan las paredes conformando un cuadro difuso, lleno de niebla. Doy media vuelta y dirijo mi vista hacia el ventanal: afuera una tímida luz se abre paso entre la oscuridad y me muestra un par de estrellas que vuelan a lo lejos. Mientras, los pensamientos se multiplican como murciélagos de una pesadilla, y me arrastran hacia callejuelas vacías donde un par de militares apunta al enemigo, que puede ser un ciudadano que viola el toque de queda o un virus desconocido.

II

Me inyectan el material de contraste y debo recostarme dentro de una especie de túnel de material plástico. Una voz me guía y ordena el ritmo de mi respiración: Aguante, expireCierro mis ojos y me pierdo en las calles principales de mi pueblo: Putaendo. Se ven pocas personas, disfrazadas con mascarillas y guantes. Deambulan perros y gatos sin dueños y una ambulancia pasa rauda. Todo es miedo y silencio.

El resto del día espero con paciencia infinita el resultado del escáner, mientras, rezo un Padre Nuestro para espantar la posible metástasis que alimenta las gotas de suero. La sala de hospital me retrotrae a episodios de mi vida; de niño fueron úlceras y neumonía. Los dos últimos años el cáncer colorrectal. Enfermedades que arrastran sus patas de araña en mi esqueleto de fantasma. Las horas se alargan como un elástico extendido, que se corta de súbito cuando llega el diagnóstico, que no sé si tomarlo como bendición u otro fardo en mi mochila de viaje: pancreatitis aguda.

La gota de suero baja. La gota de suero baja. Es mi elixir de vida. Marca el ritmo de los segundos, de los minutos, de los días. Duermo. Me sumerjo en un viaje interior. Me empapo de líquido amniótico en el vientre de mi madre.

III

Una semana después la silla de ruedas es mi único medio de transporte. Con ella viajo a la velocidad de la luz entre una cama y otra. La sala es un bunker que me protege de la amenaza externa. No se puede recibir visitas. Solo noticias. Las leo en el teléfono móvil. La pandemia del espanto.

IV

Abro el ventanal. Se respira un aire extraño, el del país real, que emergió estos últimos meses con sus contradicciones sacadas de debajo de la alfombra: familias confinadas en casas amplias y otras hacinadas en pequeñas construcciones a un paso del derrumbe; clínicas privadas y hospitales públicos; tele trabajadores y vendedores ambulantes; ancianos asustados y jóvenes felices; mascotas sobreprotegidas y quiltros en las calles; médicos de élites en programas de televisión y personal de la salud pública agobiado en salas atestadas de gente.

V

Cuando se cumplen dos semanas me avisan del alta para el día siguiente. Recomendaciones de dieta estricta y aislamiento absoluto. Será citado en un tiempo más para operarlo de un par de hernias. Hallazgos secundarios de esta estadía hospitalaria.

Amanece y me levanto temprano, voy a la ducha, me afeito y me visto de fiesta. Me entregan el listado de la nutricionista, recetas de paracetamol y omeprazol en abundancia. La incertidumbre de volver a casa me agota y camino a duras penas por el pasillo. De regreso, la carretera está vacía y el sol me acompaña con un abrazo mientras el vehículo se desplaza lentamente hacia el fin del mundo.

En casa me espera mi madre, que, al igual que yo, pertenece al grupo de alto riesgo. Lleva cinco semanas confinada. Nos hacemos señas y hablamos sin acercarnos; el tono de su voz me parece débil y su mirada extraña, como de niña ausente.

A la hora de comer permanecemos en silencio.

VI

Las noches en mi habitación se hacen eternas: rememoro y escribo algunos pasajes de mi niñez, aprendo a rezar el Santo Rosario, leo a Brian Weiss, practico meditación y escucho mantras. Por lo general, a las tres de la madrugada no doy más y busco a tientas una pastilla para dormir.

Los sueños se multiplican como las noticias de la televisión: El ministro de salud se esconde tras una mascarilla, carraspea y lee un comunicado que nadie entiende, acompañado de su séquito.

Las cuarentenas parciales y el retorno gradual al trabajo se anuncian con bombos y platillos ante un público televidente que no le cree.

La curva de contagios se extravía en nebulosas, entre fechas y porcentajes infinitos.

Se decreta el uso obligatorio de mascarillas en lugares públicos y cerrados. El no uso del insumo es falta grave y se castigará con una multa millonaria.

De la noche a la mañana el país es un hospital al borde del colapso.

El presidente, después de meses acongojado, ha sacado el habla y se pasea ufano. Se repite en cadenas de televisión con frases vacuas que rellenan su ego. Y con ánimo de burla hacia el pueblo que osó enfrentarlo, en un Santiago vacío, se toma una fotografía en La Plaza de la Dignidad.

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(*) Marco López Aballay. Nace en Petorca en 1968. Ha publicado “Diálogo nocturno” (poesía, Ediciones Casa de Barro, San Felipe 2003), “Cuentos grabados”, “Antología imaginaria” (Ediciones Altazor, Viña del Mar 2006), “Historias de rock” (cuentos, Ediciones Inubicalistas, Valparaíso 2012), “A partir de la provincia”, “Crónicas desde un bus rural” (Ediciones Casa de Barro, San Felipe, 2017), “A este lado del muro” (poesía, Ediciones Casa de Barro, San Felipe, 2018), “Piedra Grande” (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2019), “Madonna´s” (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2020).

Escribe crónicas literarias en el Diario El Trabajo de San Felipe y escribe resúmenes de libros en el sitio www.letras.mysite.com/ Proyecto Patrimonio.

Marco dice: “Es una crónica que escribí ayer (22 de abril) porque tuve pancreatitis a fines de marzo”.

(Publicado en laprimeravertebra.com / Foto portada: Roberto González Short)

Categories: General, Magazines, Tu Comuna

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