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“Recuerdos de mis primeras experiencias como docente hace muuuucho tiempo”.-

Por Marco Arancibia Silva (*)

Aún recuerdo esa mañana de abril de 1988, camino a mi primer trabajo como maestro, en una escuela básica municipal. Mi corazón latía con mucha fuerza por ir a mi primer empleo. Aunque en realidad creo que era por la gran tensión y nerviosismo que sentía de enfrentar a esos pequeños seres inquietos que esperaban expectante mi ingreso al salón, para luego sacarme la más perfecta de las radiografías, que solo un niño puede realizar de su nuevo maestro.

Recuerdo que el fin de semana anterior había planificado con tal exactitud la jornada semanal de trabajo, que mi primera semana sería la mejor semana de clases que esos chicos hubiesen soñado tener jamás. Mi debut en educación sería genial ¡como para contárselo a mis nietos! Cada minuto de las clases fue pensado y planificado para que se obtuvieran los mejores aprendizajes. Y para que el aula fuera como un “Olimpo del saber y la didáctica”, que traía de mi instituto de formación profesional.

¿Cómo pude planificar eso? ¿Quién diablos me dijo que ellos tenían esos intereses? ¿De donde saqué que les agradaría hablar de las verduras y hortalizas? – ¡Odian los porotos!, ¡las espinacas son traumáticas para ellos! 

Esa primera semana de clases permaneció en mi memoria por mucho tiempo, pues no dormí de lunes a viernes, planificando de acuerdo a lo que realmente eran sus intereses . En fin, el alumno fui yo y ellos mis maestros. ¡Las cosas de la vida! ó …¿Las cosas de la metodología educacional?

La conclusión que saqué de este lamentable primer episodio fue que un profesor no finaliza su formación cuando tenemos el cartoncito bajo nuestro brazo; por el contrario, ahí comienza nuestra hermosa aventura de ir conociendo día a día a nuestros alumnos, para a partir de ellos generar las instancias de aprendizaje mas adecuadas y significativas . En ese contexto es que se puede provocar un aprendizaje en el alumno, ahí es cuando podemos inculcar los valores que todo ser humano requiere para poder formarse íntegramente y lograr sobrevivir en este nuevo orden global.

Bueno, debo confesar que a duras penas finalicé ese semestre de trabajo, logré por fin conectarme con mis alumnos entregándoles una buena formación académica y valórica.

Espero que me hayan recordado al menos por un año antes de echarme al olvido, pero eso no importa, lo importante es que, nunca olvidarán las primeras lecciones de lectura y escritura que con mucho amor y dedicación les entregué a cada uno de esos maravillosos alumnos de primer año básico.

Bueno, después de esto pensé que ya lo sabía todo y que esa experiencia me había pulido como un gran maestro. ¡Las huinchas! (como decimos en el campo), al llegar al Departamento de Educación del municipio me informan que debo hacer un reemplazo a una Directora, ¡Guau! ¡Unos meses trabajando y ya sería director! (al menos por dos meses).

Al día siguiente me dirijo a la zona rural en la cual se encontraba la escuela, ingreso a ella buscando a una persona que me reciba o me indique donde está la oficina, cuando de repente aparece -entre una ventana llena del vapor que producen los fondos de las cocinas- una señora que muy sonriente me dice: “¡Desde ayer lo esperábamos profesor!, Los alumnos lo esperan en el salón”. No lo podía creer, ¿Por qué a mí?

Quedé paralizado en frente de los 28 alumnos de las más diversas edades que se encontraban en el salón. La escuela era…. ¡UNIDOCENTE !

Mis sueños de ser Director al primer año se desvanecieron y un pánico terrible me invadió y solo pensaba en salir huyendo de ahí. Finalmente asimilé este nuevo escenario profesional que se me venía encima y comencé mi nueva aventura sin tener nada claro. ¿Por qué nunca nadie me dijo que este tipo de escuelas existen en el siglo XX?, nadie me enseñó en mi Instituto de Formación Profesional como trabajar con seis cursos a la vez.

Bueno, solo en esa escuela, sin nadie que me asesorara, comencé a aprender nuevamente de los que más nos enseñan:… “Los alumnos”.

Conversando con ellos fui aprendiendo la gran labor que un profesor unidocente desarrolla, para que todos sus alumnos aprendan de acuerdo a sus propios ritmos de aprendizaje. Desde ese día me sentí como un miembro más del pueblito de “La pequeña casa en la pradera”, en el oeste norteamericano.

En fin, me quedaba mucho camino por recorrer y quizá muchas cosas más me iban a sorprender.

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(*) Marco Arancibia Silva es Profesor de Educación General Básica, del Instituto de Formación Profesional Los Andes, generación de 1988. Actualmente es Director de la Escuela San Alberto, de Rinconada de Guzmanes, en Putaendo, ya por varios años.

Categories: General, Opinando, Putaendo

One Response so far.

  1. Carlos Muñoz Gallardo dijo:

    Siempre le estaré enormemente agradecido profesor por su formación tanto educacional como valorica. Gracias a sus primeras enseñanzas hoy soy un profesional exitoso que jamas me he olvidado de mis raíces y orígenes. Siempre orgulloso de mi escuelita rural G-99. Población Hidalgo.

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