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carmen-gloria-quintana_655x438Por Patricio Araya G. (*)

Patricio-Araya-190x300 (2)Esta columna no es, ni tampoco pretende ser, un análisis sociológico, es apenas una mirada un poco más profunda de aquellas dadas al pasar sobre la actual crisis de confianza que afecta al país. Chile es un país abandonado a su suerte. Un país huérfano, náufrago. Abandono que se materializa mediante la legitimación de facto de la pseudo democracia que lo rige. Todo lo que se construye a partir de esa falacia, no es más que una eterna suma de errores. Una democracia imperfecta, laxa, débil, irrisoria, prosaica, esquizofrénica, cuyo curso convierte al país en un ente autómata y torpe, que camina a trastabillones; una descontrolada manada de seres humanos, que vaga sin otro destino posible que no sea su debacle. No existe contención.

Por estos días, un ex conscripto que integraba la patrulla militar que quemó vivos a Carmen Gloria Quintana y a Rodrigo Rojas de Negri, en 1986, en el ‘contexto’ de la dictadura de entonces, rompió el pacto de silencio que había protegido a los criminales, permitiendo que el juez Mario Carroza citara a declarar a siete militares en retiro. Pero como Chile es un país dañado en su psiquis, de inmediato la derecha recalcitrante le puso paños fríos a la confesión del soldado, relativizando su denuncia. De paso, se pidió evaluar semejante crimen en el contexto de lo que se vivía por esos días. Es decir, las víctimas habrían provocado a sus victimarios. El pinochetismo se supera cada día más.

Por qué sorprenderse, si aquélla ha sido la irrenunciable postura de quienes, aún conocidas muchas atrocidades, tienen agallas para defender los crímenes de lesa humanidad cometidos en Chile, durante dos décadas. Si la confesión del ex conscripto hubiese ocurrido recién retomada la senda ‘democrática’, con toda certeza la derecha fanática se habría desquiciado aún más que por estos días, llamando a entender la quema de dos seres humanos como un acto propagandístico del marxismo-leninismo, tendiente a desprestigiar la ‘obra militar’.

Por qué habría de extrañar que se sostuviera, sin desparpajos –tal como se dijo del estudiante herido por un guanaco policial el pasado 21 de mayo, en Valparaíso– que Carmen Gloria Quintana es una actriz que ha alcanzado fama internacional representado su obra “Quemados”, en distintos escenarios y ciudades del mundo, y que para dotar de mayor credibilidad y dramatismo a su personaje (una mujer con horribles quemaduras en todo su cuerpo), ella se quemó viva por sus propios medios, haciendo caso omiso de sus dolores, y que Rodrigo Rojas de Negri utilizó su cámara fotográfica como lanzallamas para atacar a unos militares que paseaban por las apacibles calles de Santiago, en la época del gobierno del “Presidente” Pinochet, y que luego la volteó hacia su cuerpo y se suicidó, quemándose a lo bonzo. Solo un país desquiciado y abandonado a su suerte como Chile, puede concebir crímenes y explicaciones tan aberrantes como éstas. Sin embargo, crímenes y explicaciones coexisten, incluso, después de comulgar.

Atendido el hecho de que el actual gobierno abandonó sus deberes, dando por fracasado su programa, y ya sentado a esperar la entrega de la banda presidencial a quién sabe quién, y que las instituciones, desde el Parlamento hasta la policía, se hallan en extremo desprestigiadas, cabe preguntarse si aún es posible confiar en que se hará justicia en el Caso Quemados, o si, como en tantas otros casos, los culpables terminarán paseando por las calles.

A propósito de abandono, quiénes más, sino Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri, que junto con sufrir el desgarrador dolor de sus heridas, también padecieron el cruel abandono de unos ‘valientes soldados’ que los dejaron tirados a la orilla del camino, para que se apagaran como fogatas olvidadas, a la espera del amanecer de aquel julio horrendo.

“Quemados” nunca fue una obra de teatro, como muchos quisieran, sino un capítulo repudiable de la historia reciente de un país abandonado a su suerte. Ojalá Carmen Gloria pueda obtener una cuota de justicia, pues, en ese caso, Rodrigo tendrá su cámara lista para reinmortalizar su nombre, escrito con fuego en la memoria de tantos.

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(*) Patricio Araya González es periodista y licenciado en Comunicación Social de USACH, asesor y colaborador de Putaendo Uno. Columnista de The Clinic, El Mostrador, Clarín, G80, El Ciudadano, El Dínamo y otros. 

Categories: General, Opinando

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